Último capítulo

domingo, 4 de febrero de 2018

ETO-FILI


Vivíamos todos en una armonía que parecía inquenrantable. Aquella tarde bajé a casa de Minda, eran las nueve de la noche y las farolas iluminaban las calles, asomé la mirada por la ventana y ahí había un señor, al principio me pregunté quién podía ser pero luego por las caras de expectación de todos mis vecinos que se habían reunido en torno al forastero también se lo preguntaban, todos deseaban saber quién había sido capaz de quebrantar la paz montando una tremenda hoguera en mitad del barrio, allanando una paz que no se quebraba ni con las peleas de la señora Flora Nchama y la señora Ana Bacale que se habían tirado de las trenzas, se habían desnudado salvajadamente y la señora Flora Nchama le había arancado brutalmente un trozo de piel la señora Ana Bacale al morderla en la teta, pero tras una semana todo había vuelto a la normalidad porque como de costumbre todo tenía que estar bien. El forastero llevaba un sombrero de esos redondos que lleva un sherif en las películas americanas, era alto grande, fornido y sucio como un gigantesco camionero, llevaba puesta una simanga blanca metida por dentro de unos vaqueros azules muy ajustados con un cinturón negro y calzaba unas botas negras de motorista. Todos le mirábamos como se miraba a los forasteros en las películas, con una expectación que había vuelto el aire enradecido porque como ya nos conocíamos todos el forastero era el único desconocido, al principio nos causó muchísima curiosidad pero después empezó a causarnos inquietud porque de repente la enorme hoguera se había convertido en una enorme barbacoa de esas que se usan en los bosques para asar animales muertos pero el tamaño de la barbacoa se salía de sus dimensiones para un animal normal del barrio, luego caímos en una sincronización de pensamientos entre todos, una sincronización trabajada con los años donde todos nos hacíamos cómplices cada vez que llegaba un extraño, caímos todos en que aquél artilugio que ardía sobre una hoguera era un artilugio para arrancarle la piel a un animal de más o menos el tamaño de un cocodrilo de dos metros después asarlo y cortarlo en pedacitos. Todos mirábamos con una atención indesviable, nos percatamos de que ya había atravesado a un animal con una lanza y lo había colocado sobre la hoguera dispuesto a quitarle la piel pero de repente apreciamos que no era ningún animal sino un niño de aproximadamente nueve años, el pobre atravesado con la lanza, muerto y suspendido encima del fuego a punto de ser destripado de la peor forma, al principio esto no lo imaginamos porque por supuesto la falta de escrúpulos del forastero invadió durante unos buenos minutos nuestra indignación. No era ningún niño del barrio ya que ninguno lo reconocimos así que debía de haberlo traído ya un cadáver de algún otro barrio, todos mirábamos atónitos y asqueados y no podíamos comprender la magnitud de tal maldad en aquella actuación, cada uno de mis vecinos se debatía en la manera más despreciable de echarle del pueblo pero en la que todos estaban más sincronizados y de acuerdo era en matarle y tomar venganza por el pobre muchacho que yacía atravesado, muerto y suspendido como un cerdo. Yo me encontraba dentro de la casa, yo solía ser la última en tener agallas para tomar decisiones tremendas así que nada más darme cuenta del espectáculo aparté la mirada para no ver cómo el forastero realizaba aquella escenificación atroz y todo lo que estaba pasando me llegaba a través de las descripciones implícitas Minda y la profunda indignación de mis vecinos. Empezó a llegarme un olor repugnante y fuerte, olor a carne humana quemada y Minda me decía cómo el forastero despelaba la piel del niño lo asaba y luego le desèdazaba  los dedos y se los comía como trozos de salchichas, y también me llegaban las espantosas quejas de mis vecinos. No me tomé el esfuerzo de mirar, me imaginaba que le matarían en cualquier momento, probablemente le atravesarían el cuello con un cuchillo de cortar carne en menos de lo que se imaginaba pero de repente oímos unas pisadas junto a la ventana, Minda y yo nos asomamos. Era forastero, seguía vivito y coleando. Había visto a Minda mirar con toda su atención y estaba dispuesto a repetir su terrorífico ritual con ella después de violarla, me desesperé preguntándome porqué nadie hacía absolutamente nada, dónde estaban los mayores del barrio que nos defendían? Todos parecían seducidos, hipnotizados, las mujeres estaban tiradas en el suelo y repetían un mantra: "tiene razon debemos hacer lo que dice". Traté de huir por alguna puerta trasera para salvar a Minda, y de repente Teofilo Npondo, que parecía inmune a su echizo le enfrentó con una escopeta, el forastero se acercó a él, lo miró y Teófilo que era de su misma complexión menuda y fornida, volvió la escopeta y se pegó un tiro en la boca. Lo vi morir como vi morir a tantos animales. El forastero con un aspecto mugriento, se dio la vuelta y se marchó del pueblo tras destruir una armonía de más de cien años en un barrio donde todos nos conocíamos, donde los mayores habían convivido desde pequeños y nos habían visto nacer, crecer. Dejó a las mujeres vagando desnudas repitiendo ese mantra sin pies ni cabeza y a los hombres que yo una vez vi dispuestos para enfrentar a cualquier intruso se quedaron idiotizados y vagabundos. Eto-Fili ya no volvió a ser lo que era, cuando quise tomar la determinación de irme del pueblo con Minda por si el forastero regresaba pensé con una profunda e inamovible convicción:

-Le encontraremos en cualquier lugar allá donde vayamos porque es el mismísimo diablo que ha subido a la tierra de los hombres.

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